
La diáspora venezolana, que ha expulsado a casi ocho millones de personas, ha dejado tras de sí no solo una profunda transformación social y económica, sino también miles de viviendas vacías. En Caracas, estas casas abandonadas conservan huellas íntimas de quienes partieron apresuradamente, como camas tendidas durante años o tazas de café que se secaron sobre la mesa.

Este vacío ha dado lugar a un nuevo servicio: la desocupación profesional de inmuebles, un oficio que mezcla logística, empatía y memoria, como el que realiza Mairin Reyes, quien ayuda a desmontar físicamente y emocionalmente los hogares dejados atrás.
Reyes, de 65 años, y su cuñada Carolina Pérez, han convertido este trabajo en una especie de arqueología social. Mientras desmontan bibliotecas o clasifican recuerdos, reconstruyen las vidas de familias que ya no esperan volver. “Uno puede entender a la gente a partir de las cosas que dejan”, dice Pérez, mientras encuentra dentro de un libro infantil una imagen de un ecosonograma. El proceso incluye seleccionar objetos para donar, guardar o vender, y cumplir encargos especiales, como enviar fotos familiares, documentos legales o incluso cenizas de un ser querido al extranjero.
La migración ha dejado un vacío no solo humano, sino también inmobiliario. La Cámara Inmobiliaria Metropolitana calcula que hay al menos 3.000 viviendas vacías solo en Caracas, junto a cientos de miles de metros cuadrados sin uso en oficinas, locales comerciales e industrias. El mercado inmobiliario venezolano está saturado, con precios a la baja desde 2014 y una demanda frenada por la falta de crédito y la inestabilidad económica. Se estima que tomará al menos 25 años absorber el inventario actual.

Las casas que quedaron cerradas a la espera de tiempos mejores ahora representan una carga para quienes se fueron. Muchas requieren reparaciones urgentes por el deterioro del tiempo, lo que complica su venta. A pesar de que algunos inmuebles se ofertan por cifras millonarias, las propiedades más demandadas son las de menor costo en zonas periféricas, mientras que las más caras enfrentan problemas legales relacionados con la legitimación de capitales.
En este contexto, el trabajo de desocupar casas ha surgido como un alivio práctico y emocional para las familias migrantes. Además de generar ingresos, ofrece una forma de cierre simbólico. “Yo no quiero tener tantas cosas”, afirma Mairin, mientras gestiona su tienda de segunda mano con objetos que fueron símbolos de una clase media hoy desvanecida. Para muchos, dejar atrás una casa no es solo una transacción inmobiliaria, sino un acto definitivo de despedida.

Vía: El País, España
