
La operación ucraniana del 1 de junio de 2025, bautizada como “Spiderweb”, ha marcado un punto de inflexión en la guerra al lanzar 117 drones contra cuatro bases aéreas rusas, impactando directamente sobre la aviación estratégica de Moscú. La acción, encubierta durante más de un año con logística camuflada como casas móviles, destruyó o dañó al menos 41 aeronaves, incluidos bombarderos Tu-95MS, Tu-22M3, un A-50 y posiblemente un Tu-160. El golpe ha sido calificado como uno de los más precisos y coordinados de la guerra, y representa una pérdida sin precedentes para la fuerza aérea rusa.

El ataque no solo destruyó equipos costosos, sino que tocó el núcleo de la disuasión nuclear rusa. Los bombarderos afectados forman parte clave de la tríada estratégica del Kremlin, junto a misiles balísticos y submarinos. Su destrucción implica la pérdida de capacidad operativa y, sobre todo, simbólica: estos aviones eran usados tanto en bombardeos convencionales como en patrullajes de proyección de poder hacia Europa, Asia e incluso América del Norte. El debilitamiento de este componente mina la percepción de invulnerabilidad que Moscú ha cultivado durante décadas.
A pesar de medidas defensivas implementadas tras ataques anteriores —como la dispersión de aeronaves, camuflajes, y uso de aviones señuelo—, la operación ucraniana expuso una vulnerabilidad estructural. Las defensas antiaéreas no evitaron la precisión de los drones, que lograron penetrar profundamente el espacio aéreo ruso. Esta demostración de capacidades abre una nueva etapa doctrinal para Kiev, que ahora apunta no solo a objetivos logísticos o tácticos, sino al corazón del poder estratégico enemigo.

El daño infligido también representa un problema logístico a largo plazo para Rusia. La flota afectada depende de repuestos occidentales hoy inaccesibles por sanciones, y su producción nacional ha sido insuficiente. Incluso el Tu-160, único bombardero aún en producción, requiere años para su construcción. Esto deja a Moscú sin una vía rápida para reemplazar su aviación estratégica, debilitando de forma duradera su músculo militar. La posibilidad de que más ataques de este tipo se repitan añade presión a un sistema ya deteriorado.

Desde Occidente, la operación ha sido vista como una oportunidad para reequilibrar el escenario estratégico. Al debilitar la flota de bombarderos rusos, Ucrania no solo fortalece su propia defensa, sino que reduce la amenaza directa para aliados de la OTAN. Analistas prevén que Rusia se verá obligada a modificar su despliegue, priorizando la protección sobre la eficacia ofensiva. Lo cierto es que, por primera vez en esta guerra, Ucrania ha demostrado que puede golpear con éxito el corazón del poderío nuclear ruso, generando un efecto con impacto militar, político y psicológico a escala global.
Vía: Xataka
