
En poco más de 40 días, Microsoft pondrá fin al soporte oficial de Windows 10, lo que significa que el sistema operativo dejará de recibir actualizaciones de seguridad y parches. La medida impacta de manera directa a casi la mitad de los ordenadores en el mundo, ya que el sistema aún mantiene un 49% de cuota global, y en España incluso más: el 54%. Pese a la presencia de Windows 11 desde hace varios años, la transición ha sido mucho más lenta de lo esperado.

Los usuarios tienen tres alternativas claras: actualizar a Windows 11 de forma gratuita si su hardware es compatible, pagar por el plan de actualizaciones extendidas (ESU) para ganar tiempo con parches de seguridad, o mantener Windows 10 sin soporte asumiendo riesgos, explorando incluso alternativas como Linux. Esta última opción, aunque posible, implica mayor exposición a vulnerabilidades en un entorno tecnológico cada vez más exigente.

Los datos de adopción muestran que Windows 11 crece a un ritmo inferior al de sus predecesores exitosos. A los tres años y diez meses de vida, Windows 10 ya controlaba el 57% del mercado, y Windows 7 alcanzaba un 61% en ese mismo periodo. En contraste, Windows 11 se mantiene en torno al 49%. La principal razón, según los analistas, está en los requisitos técnicos como el chip TPM 2.0 y una lista restringida de procesadores, que han dejado fuera a millones de equipos aún funcionales.
Aunque existen métodos no oficiales para instalar Windows 11 en PC no compatibles, los riesgos de seguridad y estabilidad han frenado su adopción. De esta manera, el final de soporte de Windows 10 se acerca con un parque de usuarios mucho más numeroso que en transiciones anteriores. En 2020, por ejemplo, Windows 7 llegó al final de su ciclo con un 27% de cuota, muy por detrás de Windows 10.
En Europa, y particularmente en España, el panorama refleja una resistencia mayor al cambio. Según los últimos datos, Windows 10 mantiene un 53,3% de cuota en el continente y un 54% en territorio español, frente al 43,9% y 42,6% que concentra Windows 11, respectivamente. La situación plantea un escenario complejo, ya que millones de ordenadores quedarán sin soporte oficial en apenas semanas.

El lento ritmo de actualización confirma que no se trata de un rechazo al nuevo sistema por costumbre, sino de un problema estructural ligado al hardware. Para muchos usuarios, el salto a Windows 11 implica la renovación obligatoria de equipos. Así, la despedida de Windows 10 no solo marca el fin de un sistema operativo clave en la última década, sino que también abre un debate sobre la obsolescencia tecnológica y las barreras de acceso a la seguridad digital.
Vía: Xataka
