
Cada vez más personas en España recurren a ansiolíticos como parte de su rutina cotidiana para afrontar el estrés, el insomnio y la ansiedad. El consumo de medicamentos como el lorazepam o diazepam ha dejado de ser exclusivo del ámbito médico y se ha normalizado en la vida diaria, reflejando un fenómeno social preocupante: el tratamiento farmacológico de una ansiedad generalizada que muchas veces carece de diagnóstico y acompañamiento terapéutico.

Según datos del Consejo General de la Psicología y la OCU, más del 42% de la población ha consumido benzodiacepinas en los últimos cinco años. Entre los jóvenes de 25 a 29 años, ese porcentaje se eleva al 59%. En muchos casos, las prescripciones responden a malestares puntuales que se abordan con medicación rápida ante la falta de tiempo y recursos del sistema sanitario. El doctor Luis Gimeno advierte sobre el uso indiscriminado de estos fármacos, que generan dependencia si no se utilizan de forma controlada y temporal.
La psicóloga Alejandra de Pedro señala que este patrón responde a múltiples factores estructurales: precariedad laboral, crisis de vivienda, estrés constante y secuelas emocionales del confinamiento. Frente a esta realidad, el sistema de salud pública opta por la solución más rápida y barata: la receta médica. Sin embargo, sin terapia ni intervención psicológica profunda, el alivio que brindan estas pastillas es sólo momentáneo y no resuelve el origen del sufrimiento.
La tendencia afecta especialmente a los sectores más vulnerables. Las mujeres, los adultos mayores y las personas con menos ingresos presentan mayores tasas de consumo. INFOCOP revela que el 19% de las mujeres tiene al menos un envase de ansiolíticos en casa, y que su tasa de trastornos de ansiedad duplica a la de los hombres. Esta dimensión social del problema exige, según expertos, una respuesta también estructural: mejorar las condiciones de vida para prevenir el malestar emocional.

A pesar del aumento de la visibilidad sobre la salud mental, persisten el estigma, la desinformación y la autoayuda mal aplicada. De Pedro advierte que muchas personas llegan a consulta con técnicas mal entendidas y expectativas irreales. Además, el sistema sanitario sigue enfocado en reducir síntomas sin abordar las causas profundas de la ansiedad. Así, el problema se medicaliza pero no se soluciona.
Finalmente, los especialistas coinciden en que los ansiolíticos pueden ser útiles en ciertos contextos, pero no deben convertirse en una rutina sin tratamiento de fondo. El sufrimiento emocional no se elimina solo con fármacos. Sin inversión en atención psicológica accesible y de calidad, sin educación emocional ni estrategias de prevención, la ansiedad seguirá siendo silenciada con medicación, mientras sus causas continúan sin resolverse.

Vía: Xataka
